Una parábola moderna
Hugo Bahamón Dussán
Cuando era comandante de batallón de paracaidistas en Colombia, mi país natal, sagradamente acostumbraba a relatar a los jóvenes soldados esta sencilla parábola.
Hace muchos años, cuando no existían ni el GPS, ni los anteojos de visión nocturna, ni los sensores de proximidad, ni las luces infrarrojas, yo era un subteniente comandante de pelotón de paracaidistas en los llanos orientales de mi patria.
El salto nocturno era la actividad más riesgosa y la que más lesionados dejaba, pues normalmente se realizaba en las noches de luna nueva cuando la oscuridad facilitaba la infiltración y dificultaba que el paracaidista fuera fácilmente detectado por el soldado enemigo que estaba en tierra.
Saltábamos desde un viejo avión C-47 al que le sonaba todo -hasta la pintura- se elevaba quejándose y mantenía su ensordecedor ruido durante todo el viaje lo que hacía absolutamente necesario que el salto fuera nocturno, pues su sonido de matraca avisaba su llegada desde kilómetros de distancia.
Durante el día, ya los exploradores habíamos hecho lo que se llamaba el vuelo computado que no era otra cosa que registrar los tiempos del avance y el azimut de los giros del aparato para replicarlos durante la noche siguiendo el mismo patrón para llegar con precisión a la zona de lanzamiento previamente seleccionada.
Una vez el piloto daba la señal de llegada a la zona de lanzamiento, saltábamos desde la semioscuridad alumbrada por la mortecina luz verde hacia una negra y profunda oscuridad total que nos recibía con un lapo de viento frío en el rostro que nos despertaba del todo, por si aún la adrenalina no había terminado su trabajo.
Ya en el vacío y con el paracaídas abierto, sentíamos el descenso por la sensación de caída sin referencia exterior alguna pues la negra noche nos enrollaba en su manto y nada podíamos ver o sentir diferente a esa sensación de ser atraídos por la fuerza de gravedad de la dura tierra que nos esperaba abajo con un porrazo.
Sabiendo, de acuerdo con la altura del salto y la velocidad de descenso, que en determinados minutos ya estaríamos cerca de caer, soltábamos el amarre rápido con el que habíamos unido el morral de combate, que estaba aprisionado fuertemente en medio de las piernas, para dejarlo caer mientras el lazo con su tirón nos avisaba oportunamente que ya estaba listo para recibir el golpe previo al nuestro.
Cuando el lazo aliviaba su tensión, sabíamos que la tierra estaba cerca, apretábamos fuertemente las piernas y nos preparábamos para descomponer la caída, haciendo un rollo con el cuerpo para que el contacto dividiera equitativamente el impacto entre planta, pantorrilla, pierna, glúteo y costado de la espalda, manteniendo bien pegada la quijada al cuello, con ayuda de las manos bien aferradas al casco, para evitar que el peso de la cabeza la expusiera imprudentemente a convertirse en el sexto, en ocasiones fatal, punto de contacto corporal con el planeta.
Ya recuperados de la caída, nos revisábamos para verificar que no había lesiones, pues existían los llamados comejenes, el principal enemigo del paracaidista en los llanos orientales, que no es otra cosa que las acumulaciones de tierra hechas por los insectos y que al crear una superficie irregular se convierten en la causa primera de todos los esguinces y fracturas sufridas por los paracaidistas.
Y aquí es donde empezaba lo verdaderamente interesante.
No debía encender una luz pues me detectaba, no podía llamar a ningún compañero pues no debía hacer ruido alguno, nadie me veía y a nadie veía, pero necesitaba urgentemente saber en dónde había caído para ubicar precisamente mi posición en el mapa y así poder llegar después a la zona de reunión del pelotón.
Sacaba entonces mi poncho, me cubría con él, prendía mi linterna con filtro para luz difusa, cargaba el fluorescente de mi brújula y la empleaba para, cruzando las líneas hacia la tenue luz de Villavicencio, Restrepo y Cumaral, las tres poblaciones cercanas, saber exactamente, por triangulación, mi posición y llevarla posteriormente al mapa.
Una vez conocida mi posición, el siguiente paso era localizar en el mapa la zona de reunión prevista del pelotón.
Finalmente, el tercer paso era buscar la mejor ruta para llegar allá a reunirme con mis compañeros y continuar diligentemente con la misión de infiltración.
Y aquí es donde empieza la lección que deja la parábola.
La edad de un joven de 18 años, edad que tenían mis soldados cuando les refería esta historia, es la edad del paracaidista nocturno que no sabe en dónde está, no sabe a dónde llegar y no sabe cómo llegar desde donde está hasta donde quiere llegar.
Por eso siempre lo primero es saber en donde estas, reconocer cuáles son tus fortalezas y cuáles tus preponderantes debilidades, qué oportunidades tienes y qué amenazas te impiden aprovechar cabalmente dichas oportunidades.
A los 18 años ya sabes para qué eres bueno, pero sobre todo sabes qué es lo que más te gusta hacer, de ahí salen tus fortalezas.
También sabes lo que te genera dificultad, lo que te disgusta y lo que te entretiene demasiado, y de ahí salen tus debilidades.
Con base en ese conocimiento, puedes establecer claramente una meta, aprovechando tus fortalezas y considerando tus debilidades.
Finalmente, y este es el paso más difícil, debes organizar inteligentemente todas tus acciones para que te encaminen a alcanzar dicha meta.
Para diseñar esa ruta, debes considerar prudentemente todas las oportunidades y también las amenazas que puedan afectar a esas oportunidades.
Ahora, un ejemplo concreto.
Por tu experiencia de vida sabes que tienes habilidad para las matemáticas y en general tienes una inteligencia abstracta y espacial que te facilita mucho entender y aplicar muy eficientemente todo lo que tiene que ver con números.
También te fascinan los computadores y todo lo que tenga que ver con aplicación de la informática para la solución efectiva, eficaz y eficiente de los problemas logísticos.
Las pruebas que te han hecho tus consejeros para tu ingreso a la universidad han dado como resultado que tienes lo necesario para ser un buen ingeniero de computadores.
Esas son tres de tus fortalezas.
Por otro lado, cada vez que estás con un nuevo computador no puedes evitar entrar a las aplicaciones de juegos y te entretienes, a veces demasiado, dejando que eso te robe tiempo precioso que podrías mejor estar aprovechando aprendiendo nuevas cosas.
Esa es una debilidad.
Ahora ya sabes en donde estás.
Definitivamente, crees que tus consejeros están en lo cierto y además te fascina la idea de convertirte prontamente en un excelente ingeniero de computadores.
Ahora ya sabes a donde quieres llegar.
Finalmente, y esta es la parte más difícil, es diseñar la ruta para llegar desde donde estás hasta donde quieres llegar a estar y para eso, lo primero es establecer reglas claras para contrarrestar las debilidades que se opongan a dejarte conseguir tu meta, aprovechar hábilmente todas las oportunidades de becas, apoyos federales, préstamos, trabajo en la universidad y alojamiento y alimentación económica y sobre todo persistir tozudamente en tu empeño y no permitir que las dificultades, contratiempos, problemas, desafíos y pobres resultados iniciales te desanimen.
Entonces, joven paracaidista, sabrás con absoluta claridad: En dónde estás, a dónde quieres llegar y cual es la ruta más efectiva para llegar hasta dónde quieres llegar.
Esta sencilla pero muy útil parábola, aplica no solamente para la etapa cuando vas a entrar a la universidad, aplica generalmente para toda la vida, inclusive si nunca piensas entrar a la universidad y decides empezar inmediatamente a trabajar.
Siempre, conoce precisamente en donde estás, ponte una meta desafiante y enfoca todo tu potencial a alcanzarla.
No serás jamás un paracaidista perdido en medio de la noche oscura, que es lo más parecido a la vida real, una vez abandones para siempre estas acogedoras paredes de tu escuela de bachillerato.