Hugo Bahamón Dussán
Los astrónomos no alcanzaban a entenderlo.
Contra toda lógica, la tierra se había salido de órbita y cada día se alejaba más del sol.
Aparte de orar, no había otra cosa más que hacer.
Todos los creyentes del mundo se reunieron en sus iglesias y con fe infinita le rogaron a su Dios por misericordia.
Las oraciones fueron inútiles.
La tierra seguía enfriándose mientras se alejaba del sol.
El destino de la humanidad era inexorable.
Morirían congelados.
Los creyentes perdieron su fe en su Dios y se resignaron a morir.
Dios no existe, decían.
Se dieron cuenta de que nada era verdaderamente importante ante la certidumbre de la muerte.
Se acabó el egoísmo, la avaricia, la codicia, la envidia y el odio.
Nada valía ya la pena, total, todos morirían congelados.
Algunos famosos y poderosos dijeron: “hagamos algo bueno con lo que tenemos, total, ya de nada servirá”.
Como es costumbre, el ejemplo de los famosos y los poderosos se extendió.
Se acabó el hambre y la miseria.
La humanidad, al fin, vivió en paz.
La humanidad se dio cuenta de que Dios no existía y que tampoco lo necesitaban.
Dios, entonces se dio cuenta de que ahora sí su obra estaba terminada.
Cerró su ojos por primera vez en millones de años, suspiró y con un leve golpe de su meñique regresó la tierra a su órbita.
Por primera vez, verdaderamente, descansó.